martes, 1 de abril de 2008

“With Bob on our side”


Ya pasó la gran ola y ahora nos queda su resaca. Ha transcurrido el tiempo que, según dicen “cura” y ahora sí puedo sacudirme de la emoción y de los sentimientos encontrados para escribir sobre el recital que Bob Dylan nos regaló en Chile.

Verlo en vivo, al igual que oírlo, resulta todo un viaje, donde debes ir atravesando por diferentes caminos; asfaltados, otros pedregosos y los más sin direcciones que indiquen dónde de ir (no direction home). Este viaje es personal, pero su antesala fue compartida.

He aquí la historia de dos personas, comunes y silvestres, que aún siguen embriagados por Bobby:

Santiago, verano, 18:00 hrs. Con un gran taco, un calor endemoniado, bocinas sordas, gentío pululando, manejo mi auto con mi gran amigo Simón de copiloto. Así comenzamos este viaje del que intuíamos que, una vez finalizado, nada sería igual.

Dylan rugiendo en los parlantes, nosotros cantando a viva voz, más nada importaba. Dylan ruge con su voz nasal y hace sacudir los parlantes y nuestros corazones. Muchos pensamientos en nuestras cabezas rondaban. Pero hoy, pienso ¿qué más se puede agregar sobre Dylan, su obra y su visita? Nada. A menos que se añada ficción y, por cierto literatura, tal como Dylan lo hace en cada uno de sus temas.

A mí y a Simón, una vez terminado el recital, e inclusive comentándolo tiempo después, hemos concordado en ciertas apreciaciones: Dylan fascina, embruja y hay que reconocerlo; Dylan duele. Su música se inyecta sin anestesia en sus oyentes, y el pinchazo perdura.

Es cierto, Dylan duele, pero de una manera bella, poética, romántica y nostálgica.

Dylan ya se marchó, y hoy sólo nos queda su música embazada como lugar común para reencontrarnos. Pero, cuando se acaba el CD, al llegar la noche y lo escuchas decir: “You said your loocking for someone, but I´m not the one you need” (dices que buscas alguien, pero no soy quien necesitas), te estremeces. Dylan advierte sutilmente sus efectos secundarios, como una droga. Con Simón somos adictos.

Muchas imágenes, melodías y frases quedan dando vueltas como almas en pena, buscando un lugar donde asentarse, y ahí estamos con Simón, ávidos a cobijarlas.

Dylan es más que un músico, más que un poeta; la maestría de Dylan es inclasificable.

Bobby duele, Simón, yo y muchos más damos fe de ello, pero es un “mal” necesario; un bello bálsamo lleno de púas que clavan y permanecen incrustadas.

El tiempo ya pasó, y Dylan ha partido. Afortunado quienes lo vimos y conocemos su música. Aunque suene contradictorio, mucha suerte tenemos de haber sido embetunados por ése doloroso bálsamo.

Hoy lo recordamos presionando Play a sus temas, consientes que siempre, mientras vivamos, permaneceremos “With Bob on our side

2 comentarios:

Vicios y literatura dijo...

Tu acierto es total: el dolor que provoca Dylan es inclasificable, pareciera no tener origen. Creo que para pensar en él sin sufrir de manera tan intensa, al igual que sucede con las mujeres más significativas que se alejan de nosotros, es necesario dejar que el tiempo, con su inconmensurable y cruel sabiduría, haga su trabajo. Bonito texto amigo querido. Algo me dice que volveremos a ver al viejo lobo aullando, aunque sea sólo una vez más. Abrazos;

Simón.

Gabriela dijo...

Dylan se está incrustado en mi alma, tanto que cuando muera quiero que suene fuerte y me abra las puertas del cielo, sin golpear.